Un coach en la Casa Blanca

Uno de los momentos que se recordarán del discurso inaugural de Donald Trump se produjo nada más empezar: “No estamos meramente transfiriendo el poder de una administración a otra (…) sino que estamos transfiriendo el poder de Washington DC y devolviéndooslo a vosotros, la gente”.

Ha habido incontables ejemplos de presidentes haciendo referencia a “la gente” en sus discursos de toma de posesión: desde Jimmy Carter con su “un Gobierno tan bueno como su gente”, hasta Ronald Reagan, pasando por Bill Clinton y Obama. Pero nunca se había hecho tan explícito el contraponer el poder de Washington al del pueblo y  asegurar un “traspaso de poder”. Esto es populismo en mayúsculas. Y suena irremediablemente bien, el problema es saber quién cualifica como “la gente” ¿Es el musulmán recién llegado a Estados Unidos con un sueño, “la gente”? ¿Y el negro activista por los derechos civiles está incluido en el pack de “la gente”? ¿Son los periodistas independientes y críticos, “la gente” de Trump?

Sea como sea, con el nombramiento del nuevo Presidente hay quien asegura que entramos en una nueva era del reality, en el que la línea entre la ficción y la realidad cada vez es más difusa. Pero es una falsa apreciación, la política lleva mucho tiempo instalada en el show business y Obama también ejercía de actor. La diferencia es que Trump es una estrella de la televisión del género del reality show mientras que Obama era cinemático, con un empaque hollywoodense antiguo. Podemos esperar un guion menos riguroso puntuado por ráfagas de espontaneidad y con un amplio margen para la improvisación. Únicamente la pantalla se ha reducido del 16:9 al tamaño del plasma.

El discurso estaba en consonancia con el hecho de que Estados Unidos atraviesa una época de autoconciencia y de introspección. Trata de mirarse a sí misma para recomponerse, de ahí la fiebre proteccionista y aislacionista (“dos reglas: comprar americano y contratar americano”). Está en una etapa de replegamiento. Y para ello se ha contratado no a un Presidente humanitario sino a un coach. Trump es el coach que tiene como misión levantar el autoestima de Estados Unidos, que se encuentra en vuelos bajos. Como suele suceder con los coach sus mensajes son simplistas, hiperbólicos y tremendamente egoístas (“América, primero”) pero es la inyección de dopamina nacionalista que necesitan para desgracia de Europa y del resto del mundo, que tienen en Estados Unidos un aliado fundamental.

A pesar de todo Trump no es una extravagancia. Es la respuesta histórica a un sentimiento de pérdida de identidad nacional. Lo único que nos cabe esperar es que Europa no replique este modelo. So God help us.

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