La sacudida

Se ha producido un pequeño shock en la política nacional. La muerte de Rita Barberá no ha sido silenciosa sino que ha caído con estrépito, abriendo un virulento debate sobre las penas de telediario y las presunciones de inocencia.

La que fuera alcaldesa de Valencia literalmente se ha derrumbado a unos metros del Congreso de los Diputados, en el hotel Villareal, arrasada por el alcohol y el sentimiento de derrota. Supone el abatimiento de un símbolo: el del PP de los tiempos festivos y excesivos; el de la victoria y la exuberancia.

Investigada por blanqueo de capitales y repudiada por su propio partido (hace unos días Pablo Casado incluso evitaba pronunciar su nombre), Rita Barberá, alcaldesa de Valencia durante 24 años, se encontraba en la culminación de su crisis.

Es tentador volver la vista a los medios y culpabilizarles del asedio informativo en contra de Barberá, sin embargo era un asedio fundamentado en todos los indicios de blanqueo que se producían en el seno de su partido; de ningún modo se podría tildar de gratuito. No es casualidad que Rafael Correa decidiera instalar su Orange Market en Valencia cuando las cosas se le complicaron un poco en Madrid. La Valencia de las obras faraónicas e inservibles era un comodín para la corrupción española, la misma que anidaba en el corazón del Ayuntamiento con el Caso Taula con 24 dirigentes del PP arrestados. El sepulcro no hace que se desvanezca la presunción de culpabilidad de Rita.

Sin embargo resulta hipócrita que el mismo PP que expulsó de sus filas a Barberá ahora quiera canonizarla. No fueron los medios, fue su propio partido el que le dio la espalda cuando se la imputó. Igual de lamentable que la actuación de Podemos, fiel a su línea de performance, por la que se ausentaban durante el minuto de silencio por el fallecimiento ¿Tanto pedir es un minuto de silencio para una parlamentaria que ha sido protagonista de la política española en los últimos años?

Se equivoca Iglesias calificando el minuto de silencio como “homenaje”. No es un homenaje sino un duelo por una compañera de trabajo, un acto de dignidad humana elemental. Cuando se trata de la vida y la muerte se debería poder aparcar la política por un segundo al menos, bajar la guardia e ignorar la foto temporalmente. Muchos les tacharían de incoherentes pero ganarían enteros en humanidad.

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