Colócalo como puedas

El Congreso es un lugar propicio para padecer un recurrente y eterno deja-vú. Es como un microclima donde las situaciones son cíclicas, se repiten una y otra vez: el Gobierno la lía los parlamentarios se escandalizan, se echa una palada de arena encima y después vuelve todo a la normalidad. Una normalidad agriada por el hastío y la sensación de poca seriedad.

El PP se comporta como aquel chico conflictivo al que se le dan varias oportunidades y se encarga, de forma obstinada, de salirse con la suya en cada una de ellas. La misión era buscar curro a Fernández-Díaz, amigo del alma de Mariano Rajoy duramente reprobado por la Cámara debido al inaceptable uso político que hizo del Ministerio del Interior. Razón por la que no revalidó el puesto en el nuevo Gobierno.

Se le buscó trabajo como embajador del Vaticano, pero éste dejó deslizar que no estaban del todo cómodos con el tipo que condecoraba a Vírgenes con medallas al mérito. Vaya marrón: el siguiente paso ha sido encontrar a Fernández Díaz un sueldo en el Congreso de los Diputados, el mismo sitio donde tiene pendiente una comparecencia ante la comisión de investigación.

Rajoy decide premiarle con la presidencia de la comisión de Exteriores, lo que recuerda poderosamente a cuando recompensó al exministro Soria “el panameño” con un puesto en la dirección del Banco Mundial. El presidente se revela como un fiel practicante del ecologismo político, con ese pintoresco hábito de reciclar ministros. Parece que se ha quedado en nada el espionaje de Fernández Díaz a sus rivales políticos y su extralimitación de funciones.

Después de que un vacilante PSOE haya anunciado presentar a un candidato alternativo, el PP se ve obligado a retirar la candidatura de Fernández Díaz en Exteriores y en el Tribunal de Cuentas, otro cargo que también codiciaba. Finalmente le han destinado a una comisión de segunda fila para la que no necesita voto de la cámara; la comisión de Peticiones. La cuestión era colocarle, dónde ya no importaba tanto.

El resultado de esto es una exhibición grotesca de intercambio de favores, donde la idoneidad de la persona para el puesto es irrelevante. Se antoja indigna la triquiñuela de posicionarle en el único sitio que podía burlar el veto de la oposición. Desde luego Rajoy necesita cambiar sus viejos hábitos en esta nueva legislatura. Su constante tira-y-afloja con la oposición le dará dolores de cabeza.

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