Gana la fábula

Las encuestas volvieron a fallar. Es la tercera vez que la democracia levanta el dedo de en medio al sistema en este año; la primera vez fue con el Brexit, la segunda con la tregua de paz de las FARC y ahora con la victoria de Donald Trump ¿se ha vuelto el mundo loco?

En realidad es más sencillo que eso. Trump tenía algo que Hillary no: un relato. “Volver a hacer de América algo grande”, el regreso del sueño americano, considerado deshilachado en estos últimos años de recesión. Eso hablaba directamente al corazón de las vapuleadas clases medias (no solo las blancas), a las que la crisis ha frustrado su proyecto vital. Este relato se articulaba a través de la televisión, medio fundamental para estructurar la democracia en Estados Unidos, y nadie se maneja mejor televisivamente que Trump, con catorce temporadas del reality show The Apprentice a sus espaldas.

Mirando retrospectivamente, era difícil de batir al sueño americano en persona; Trump encarna esa fábula desde los años ochenta. Y aunque los medios se conjuraran en su contra, las tripas de la gente hacen más ruido que los mensajes machacones que propalan desde los mass media. Da igual si el sueño americano existe o no, es un animal mitológico en el que se tiene fe ciega.

El perfil bajo de la campaña de Hillary, salpicada además por los escándalos de su correo privado, se ha demostrado como un terrible error. Bien le habría venido nombrar a Bernie Sanders como su vicepresidente, figura que conseguía tocar la fibra de las masas y que habría polarizado con Trump. Frente a la poca empatía que suscitaba la candidatura de ésta, Trump representaba un pedazo de entraña de Estados Unidos. Es grosero, bocazas y dice lo primero que se le pasa por la cabeza. Es identificable, es marca Made in America.

Es verdad: reconozco cierto placer culpable en que la gente haya desafiado al aparato, conjurado unívocamente para que Hillary ganara. Al final, la democracia es un proceso orgánico que está por encima de cualquier intermediario.

Sin embargo después de oír todos los despropósitos que Trump ha soltado durante la campaña tenemos que confiar en el sistema de contrapesos norteamericano que vigila por el buen funcionamiento del país e impide que un presidente se comporte de forma despótica. No existe tal cosa como un presidente con plena autonomía y lo más esperable es que al ocupar la Casa Blanca, Trump tenga que moderarse en sus planteamientos.

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