Francia en el diván

Francia ya tiene preparada el arma letal con el que hacer frente a la amenaza Lepenista. 62 años, católico integrista, neoliberal y aficionado a la Fórmula 1. François Fillon se prepara como un púgil para noquear al populismo acechante.

Son dos tipos de derecha diferenciadas entre las que se va a tener que debatir Francia. La proteccionista, identitaria y racista de Marine Le Pen, y la ultraliberal, religiosa y globalista de Fillon.  Parece como si hubiera que elegir entre susto o muerte.

El país galo se sienta en el diván freudiano para definirse a sí mismo y decidir qué quiere ser de mayor. Lo que seguro que no va a ser es izquierda. Esa izquierda ajada y humillada de Hollande que se ha mostrado tan ineficaz en los últimos años.

La derecha siempre ha vivido esa esquizofrenia entre las políticas desreguladoras y las proteccionistas; sin saberse muy bien a cuál identificar con la derecha auténtica. Fillon es la oportunidad de inclinar el tablero de una vez por todas y neutralizar la llama airada que representa Lepen. En lo que coinciden ambas opciones es en su carácter reaccionario; como si fuera un proceso de homeopatía solo se puede enfrentar a la derecha con otra dosis de derecha. Es Fillon y no otras opciones más templadas quién tiene la solución. Por lo pronto ya ha sumado su primera victoria haciendo que Hollande se descarte de una posible reelección. Lo que el partido socialista se juega ahora es recomponer la organización desde la oposición, jugar a ganar es algo que ni contemplan.

Fillon es un reaccionario pero no llega a ser Sarkozy disfrazándose del Frente Nacional, lo que asegura que la izquierda puede votarle en segunda vuelta aunque sea tapándose la nariz. Es un candidato lo suficientemente contundente como para robar los focos a Marine Le Pen; sigue siendo poco amigo del Islam, lo que ocupa una de las principales preocupaciones de los franceses actualmente, con los atentados en Niza y París aún recientes en sus memorias.

No hay que olvidar que Fillon fue el primer ministro de Sarkozy, impulsor de su programa –aunque el expresidente le despreciara y le denominara “colaborador”- y atesora gestión política frente a una Marine Le Pen que no tiene ninguna experiencia todavía. El que hasta hace poco era denominado “don nadie” se ha colocado en la pole de la carrera presidencial y es el favorito en las encuestas ¿La respuesta perfecta al peligroso populismo? Pronto saldremos de dudas.

¿La historia le absolverá?

Incluso viéndose venir de lejos el acontecimiento cuando finalmente ha fallecido Fidel Castro resulta impactante y transmite la sensación de que uno está viendo desfilar pura Historia ante los ojos. Fidel era una de esas personalidades larger than life, como dicen los americanos. Resistió hasta el final. Noventa años, nada menos, de los que pasó la mayoría en defensa activa de unos ideales; y como suele pasar en la acción derivada de las ideas utópicas trajo muchas sombras a parte de las puntuales luces.

La revolución cubana fue una obra maestra de marketing político. Aún tratándose de una despiadada dictadura aún contaba con ojos que la miraban con benevolencia. Y eso, ya constituye una victoria. Cuantas veces habremos oído elogios a su sistema de sanidad o su sistema de escolarización en boca de algunos españolitos fans de la Cuba revolucionaria. Luego palidecían esos ditirambos al lado de los testimonios que contaban de viva voz los emigrados cubanos que venían huyendo de la gran cárcel habanera. Miseria y hambre, a parte de la negación de los derechos más básicos. Con todo, se sigue relatando con admiración los logros de esta Cuba de la que Fidel Castro era autor. Cuba era un régimen de autor.

Existe una especie de complacencia hacia Fidel Castro, como si fuera el más bueno de los malos. Los simpatizantes de la revolución le perdonan todo e incluso parte de los que no lo son, le reconocen virtudes. Puede que al final sea cierto, y como él mismo decía, la historia le absolverá.

Sea como sea, es el final de una época. Aunque en los últimos diez años la batuta la ha llevado Raúl Castro el poder simbólico de Fidel es potente, y su ocaso traerá consecuencias para la isla. Es esperable una mayor apertura y una paulatina integración de Cuba en el mercado internacional. La reunión de Obama con los Castro el año pasado ya sentó el precedente y es el momento para que las cosas cambien en Cuba.

No es muy alentador en este aspecto, la postura del nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que amenaza con liquidar el acuerdo si no se renegocian las condiciones del mismo. Se corre el riesgo de volar por los aires todos los avances que a lo largo de dos años ha llevado a cabo Obama.

En cualquier caso uno de los útimos vestigios del siglo XX ha desaparecido y podemos decir ahora con más seguridad que nunca: Hola, siglo XXI.

La sacudida

Se ha producido un pequeño shock en la política nacional. La muerte de Rita Barberá no ha sido silenciosa sino que ha caído con estrépito, abriendo un virulento debate sobre las penas de telediario y las presunciones de inocencia.

La que fuera alcaldesa de Valencia literalmente se ha derrumbado a unos metros del Congreso de los Diputados, en el hotel Villareal, arrasada por el alcohol y el sentimiento de derrota. Supone el abatimiento de un símbolo: el del PP de los tiempos festivos y excesivos; el de la victoria y la exuberancia.

Investigada por blanqueo de capitales y repudiada por su propio partido (hace unos días Pablo Casado incluso evitaba pronunciar su nombre), Rita Barberá, alcaldesa de Valencia durante 24 años, se encontraba en la culminación de su crisis.

Es tentador volver la vista a los medios y culpabilizarles del asedio informativo en contra de Barberá, sin embargo era un asedio fundamentado en todos los indicios de blanqueo que se producían en el seno de su partido; de ningún modo se podría tildar de gratuito. No es casualidad que Rafael Correa decidiera instalar su Orange Market en Valencia cuando las cosas se le complicaron un poco en Madrid. La Valencia de las obras faraónicas e inservibles era un comodín para la corrupción española, la misma que anidaba en el corazón del Ayuntamiento con el Caso Taula con 24 dirigentes del PP arrestados. El sepulcro no hace que se desvanezca la presunción de culpabilidad de Rita.

Sin embargo resulta hipócrita que el mismo PP que expulsó de sus filas a Barberá ahora quiera canonizarla. No fueron los medios, fue su propio partido el que le dio la espalda cuando se la imputó. Igual de lamentable que la actuación de Podemos, fiel a su línea de performance, por la que se ausentaban durante el minuto de silencio por el fallecimiento ¿Tanto pedir es un minuto de silencio para una parlamentaria que ha sido protagonista de la política española en los últimos años?

Se equivoca Iglesias calificando el minuto de silencio como “homenaje”. No es un homenaje sino un duelo por una compañera de trabajo, un acto de dignidad humana elemental. Cuando se trata de la vida y la muerte se debería poder aparcar la política por un segundo al menos, bajar la guardia e ignorar la foto temporalmente. Muchos les tacharían de incoherentes pero ganarían enteros en humanidad.

Tiempos de posverdad

“Posverdad” es una de las nuevas palabras incluidas en el diccionario Oxford. Del ámbito de la política, significa que la verdad deja de ser relevante y que, incluso cuando se cuentan con herramientas para acceder a ella, lo que se identifica con la realidad es el sentimiento popular. Parece como si el diccionario Oxford quisiera pronunciarse acerca de la actualidad con esta polémica palabra, en cualquier caso radiografía con precisión el momento.

Porque vivimos tiempos de posverdad. Ante la inundación de data, la gente reacciona defensivamente y busca la certeza en su sentimiento insondable. Estamos en la era de la sobre-información, y la aguja en el nido es la posverdad. El ciudadano colorea a su voluntad el mundo y con eso identifica lo verdadero. Da igual que la salida de Inglaterra de Europa conlleve terribles desventajas económicas, que para algunos el Brexit es la salvación. No importa que a Trump le apoye el Partido Nazi y el Ku Klux Klan, él volverá a hacer Estados Unidos grande. Es igual que no se cesen 40 años de guerrilla en Colombia, el NO a la tregua con las FARC es lo que prefiere el pueblo.

En España tuvimos un notorio caso de posverdad con la victoria electoral del PP. Que un partido imputado por corrupción y con tantos casos judiciales amontonados a sus espaldas tuviera el apoyo de la mayoría, solo se puede identificar con el nuevo palabro del diccionario británico. Se puede decir incluso que hemos sido los pioneros en esta reciente ola de posverdad; los primeros en surfear la ola.

El mayor riesgo en un momento como éste es que los políticos decidan adaptarse –si es que no lo han hecho ya- a los tiempos de posverdad. Que las mentiras cada vez sean más grotescas y que únicamente se diga lo que el votante quiere oír; que se desprecie cualquier atisbo de argumento fundado y respaldado por la razón. Es como si los análisis críticos no fueran más que una fruslería para conciencias melindrosas. Ahora se lleva hablar más alto y más fuerte, hacer una cesta de triple de demagogia.

Por eso se antoja como un límite crítico las próximas elecciones de Francia, donde se confirmará hasta que punto ha llegado el reino de la posverdad, si contra todo pronóstico de lo razonable y sensato gana Marine Le Pen. Posverdad y populismo son uña y carne, no se entienden una sin la otra.

Colócalo como puedas

El Congreso es un lugar propicio para padecer un recurrente y eterno deja-vú. Es como un microclima donde las situaciones son cíclicas, se repiten una y otra vez: el Gobierno la lía los parlamentarios se escandalizan, se echa una palada de arena encima y después vuelve todo a la normalidad. Una normalidad agriada por el hastío y la sensación de poca seriedad.

El PP se comporta como aquel chico conflictivo al que se le dan varias oportunidades y se encarga, de forma obstinada, de salirse con la suya en cada una de ellas. La misión era buscar curro a Fernández-Díaz, amigo del alma de Mariano Rajoy duramente reprobado por la Cámara debido al inaceptable uso político que hizo del Ministerio del Interior. Razón por la que no revalidó el puesto en el nuevo Gobierno.

Se le buscó trabajo como embajador del Vaticano, pero éste dejó deslizar que no estaban del todo cómodos con el tipo que condecoraba a Vírgenes con medallas al mérito. Vaya marrón: el siguiente paso ha sido encontrar a Fernández Díaz un sueldo en el Congreso de los Diputados, el mismo sitio donde tiene pendiente una comparecencia ante la comisión de investigación.

Rajoy decide premiarle con la presidencia de la comisión de Exteriores, lo que recuerda poderosamente a cuando recompensó al exministro Soria “el panameño” con un puesto en la dirección del Banco Mundial. El presidente se revela como un fiel practicante del ecologismo político, con ese pintoresco hábito de reciclar ministros. Parece que se ha quedado en nada el espionaje de Fernández Díaz a sus rivales políticos y su extralimitación de funciones.

Después de que un vacilante PSOE haya anunciado presentar a un candidato alternativo, el PP se ve obligado a retirar la candidatura de Fernández Díaz en Exteriores y en el Tribunal de Cuentas, otro cargo que también codiciaba. Finalmente le han destinado a una comisión de segunda fila para la que no necesita voto de la cámara; la comisión de Peticiones. La cuestión era colocarle, dónde ya no importaba tanto.

El resultado de esto es una exhibición grotesca de intercambio de favores, donde la idoneidad de la persona para el puesto es irrelevante. Se antoja indigna la triquiñuela de posicionarle en el único sitio que podía burlar el veto de la oposición. Desde luego Rajoy necesita cambiar sus viejos hábitos en esta nueva legislatura. Su constante tira-y-afloja con la oposición le dará dolores de cabeza.

Vientos del pueblo

Sopla la tramontana del populismo. Lo hace por Norteamerica y se avecinan vientos huracanados por el centro de Europa. Probablemente recalen también en la península ibérica. Los americanos no son extraterrestres, viven el fenómeno a su particular manera pero el síntoma es global. Nigel Farage y Marine Le Pen se encuentran haciendo cola para cobrar sus cheques, y  si nos fijamos bien, al final de la fila está tratando de pasar desapercibido un desgarbado Pablo Iglesias.

No se engañen, la victoria Trump ha sido una fantástica noticia en la sede de Podemos, que celebran el pistoletazo de salida de esta epidemia hermafrodita llamada populismo, que afecta tanto a partidos de izquierdas como de derechas. Iglesias ha publicado raudo un texto en su blog calificando a Trump de fascista, pero sabe que ahora el partido se juega en el eje de los extremismos; no hay mejor réplica al fascismo que la de la izquierda radical. Y es la nueva sintaxis populista la que poco a poco predominará en la agenda internacional.

Las primarias madrileñas de Podemos, en las que ha resultado vencedora la opción más radical de Ramón Espinar, refrendan el momento. El partido morado abandona las posiciones moderadas representadas por Iñigo Errejón, para abrazar ese populismo batallador que les hizo famosos. Las recetas del populismo cañí son las mismas que vimos en la campaña norteamericana: el pueblo vs. el establishment, proteccionismo, la televisión como medio articulador… Es cierto lo que dijo Albert Rivera: Podemos, en secreto, seguramente celebran la victoria de Trump; alguien que comparte su lenguaje, y que lo está poniendo de moda.

Vivimos tiempos de mesianismos en los que la ciudadanía pivota alrededor de grandes liderazgos que los rescatan de la desesperación. Cuánto más estrambóticos y polémicos sean estos liderazgos, mejor. Lo que tienen los populismos que los hacen tan eficaces es que al girar en torno a mensajes tan simplificadores, presentan un nuevo lienzo en blanco donde el ciudadano dibuja el futuro que le viene en gana. Es, en muchas ocasiones, un voto de venganza.

¿Cuál va  a ser la medicina que pare la epidemia? Quizás se debería luchar con la misma fórmula. Crear líderes europeístas y moderados que consigan hablar ese lenguaje a la perfección y que a la vez representen una ruptura con el pasado. Debe de estar ya el laboratorio europeo en marcha diseñando este tipo de respuestas.

Gana la fábula

Las encuestas volvieron a fallar. Es la tercera vez que la democracia levanta el dedo de en medio al sistema en este año; la primera vez fue con el Brexit, la segunda con la tregua de paz de las FARC y ahora con la victoria de Donald Trump ¿se ha vuelto el mundo loco?

En realidad es más sencillo que eso. Trump tenía algo que Hillary no: un relato. “Volver a hacer de América algo grande”, el regreso del sueño americano, considerado deshilachado en estos últimos años de recesión. Eso hablaba directamente al corazón de las vapuleadas clases medias (no solo las blancas), a las que la crisis ha frustrado su proyecto vital. Este relato se articulaba a través de la televisión, medio fundamental para estructurar la democracia en Estados Unidos, y nadie se maneja mejor televisivamente que Trump, con catorce temporadas del reality show The Apprentice a sus espaldas.

Mirando retrospectivamente, era difícil de batir al sueño americano en persona; Trump encarna esa fábula desde los años ochenta. Y aunque los medios se conjuraran en su contra, las tripas de la gente hacen más ruido que los mensajes machacones que propalan desde los mass media. Da igual si el sueño americano existe o no, es un animal mitológico en el que se tiene fe ciega.

El perfil bajo de la campaña de Hillary, salpicada además por los escándalos de su correo privado, se ha demostrado como un terrible error. Bien le habría venido nombrar a Bernie Sanders como su vicepresidente, figura que conseguía tocar la fibra de las masas y que habría polarizado con Trump. Frente a la poca empatía que suscitaba la candidatura de ésta, Trump representaba un pedazo de entraña de Estados Unidos. Es grosero, bocazas y dice lo primero que se le pasa por la cabeza. Es identificable, es marca Made in America.

Es verdad: reconozco cierto placer culpable en que la gente haya desafiado al aparato, conjurado unívocamente para que Hillary ganara. Al final, la democracia es un proceso orgánico que está por encima de cualquier intermediario.

Sin embargo después de oír todos los despropósitos que Trump ha soltado durante la campaña tenemos que confiar en el sistema de contrapesos norteamericano que vigila por el buen funcionamiento del país e impide que un presidente se comporte de forma despótica. No existe tal cosa como un presidente con plena autonomía y lo más esperable es que al ocupar la Casa Blanca, Trump tenga que moderarse en sus planteamientos.

El debate que se hizo carne

La discusión sobre los límites de la libertad de expresión en el que participaba Guillermo Zapata en twitter hace cinco años, pasó de ser teórica a materializarse en la praxis. Como Pinocho convertido en un niño de verdad. Los twits epatantes del edil madrileño ahora pasan a ser material de juicio para la Audiencia Nacional. En ese sentido, al menos, el debate ha sido un éxito. Toda una performance situacionista.

“Han tenido que cerrar el cementerio de las niñas de Alcàsser para que no vaya Irene Villa a por repuestos” escribía Zapata en el twit que se juzga ofensivo para las víctimas del terrorismo en lo que es la tercera apertura del caso. Hay que remarcar que puso la frase entrecomillada. Unas comillas que, seguramente, le salven del delito. Solo constituiría un “delito”. A la decencia, al buen gusto, al decoro. Pero no un delito.

En lugar de quedarse con la anécdota hay que observar la foto en conjunto para valorar con propiedad. Lo cierto es que Zapata se dedicó a citar (importante este punto: citar) una serie de chistes de humor negro en el marco de una conversación sobre la expresión y sus paredes. Por eso es un despropósito que se le condene, sobre todo teniendo en cuenta que sus mensajes captaron la atención solo una vez fue nombrado concejal.

Una buena parte de esta sociedad vive un histerismo de oídos zumbones, que no puede comprender el humor ni sus matices y significados. El humor, muchas veces, es una forma de pensar, de cuestionar las cosas. Y la risa ni siquiera es el fin último, sino el pretexto.

Con todo, la política no es el mundo real. Y lo que vale para el resto de los mortales no vale para los políticos, que son mirados con especial severidad. Fue un acierto que a Zapata se le apartara del cargo de la concejalía de Cultura. Pero de ahí a que Audiencia Nacional le condene a prisión hay un trecho.

Este juicio es importante porque no solo dirime si Guillermo Zapata cometió un delito, sino que se trata de una conversación transversal sobre la libertad de expresión; una extensión de aquella en la que participó el edil hace cinco años. El veredicto nos afecta a todos. Es nuestra tranquilidad a la hora de escribir en la red la que está en juego. Cuando el jurado se pronuncie, sabremos si hemos ganado o perdido, pero el debate (por fin) habrá llegado a su punto final.

La posibilidad Trump

Estamos en la semana en la que todos los Estados Unidos –y el resto del mundo- contiene la respiración, en vilo por la elección del nuevo presidente. Da la sensación de que hay que elegir la opción un poco menos catastrófica, la destrucción que resulte más amena; así de desolador se presenta el panorama en el 2016, lejos de los años en los que la ilusión era masticable con Obama. Los medios se han apresurado a hacer su diagnóstico de forma inusualmente unánime ¿Pero estamos seguros de que el mal menor es la elección de Clinton?

Quizás Estados Unidos se encuentra en ese crossroads necesitado de una catarsis que resulte en la creación de  nuevos procesos políticos; un gran despertar, en palabras del filósofo eslavo Slavoj Zizek, que apoya al candidato republicano. Sin embargo la opción de Hillary Clinton asegura un aletargamiento, una mera continuación de lo peor de las políticas de Obama. El Tío Sam necesita un gran bufón. De esos que de forma alocada y estúpida dicen sus verdades. Es tiempo de bufones, no de burócratas.

Mirando por lo nuestro, en lo que a Europa respecta no hay duda de Trump es menos intrusivo; ha declarado que no apoya las injerencias innecesarias de Estados Unidos en potencias extranjeras, así como tampoco respalda el TTIP, que arrasaría con las pequeñas y medianas empresas nacionales. Nadie cuestiona que sería catastrófico en políticas de inmigración pero haría de Estados Unidos un actor más concentrado y menos expansivo en la política internacional, lo que seguramente nos daría la oportunidad de respirar más tranquilos.

Trump, es un imbécil. Pero es un imbécil transparente, en cambio Hillary es opaca. Coge firmemente la manita de Wall Street mientras vende un discurso progresista. No hay que olvidar que es la persona que celebró el asesinato de Gaddafi entre risas o apoyó la invasión de Irak. Hillary representa el viejo establishment; se trata de una política profesional que lleva dando vueltas a los mismos pasillos durante veinte años. Trump, por el otro lado, solo es un necio que piensa de forma independiente, y si los mass media te boicotea a un mes de las elecciones, probablemente eso dice más a favor de su causa que en su contra.

Al final los comentarios despectivos hacia mujeres no deja de ser material de cotilleo, irrelevantes en el gran esquema de las cosas. Es ese framing interesado sobre el sexismo el que saca las cosas de quicio y ofrece una imagen deforme de la realidad. En lugar de eso se debería estar hablando de su agenda de exteriores o de su política económica –que por cierto Paul Krugman ha alabado desde las páginas del New York Times-.

Al final todo se resume en que si sale Hillary victoriosa, padeceremos una sensación de bajón y de inmovilismo; si Trump gana, provocará miedo pero también una gran expectación. Tendrá demasiados ojos encima que le fiscalizarán en su trayectoria y en el peor de los casos conseguirá que Estados Unidos se cuestione a sí misma abriendo la puerta a nuevos actores políticos.

Encajando a Cospe

Aun recuerdo la formación de Gobierno que fue anunciada en 2011. La gran noticia era la sintonía tecnocrática del nuevo Ejecutivo. Visto con perspectiva, quizás no eran demasiado tecnócratas de lo suyo Jorge Fernández o Montoro; extralimitándose en sus áreas de especialidad, ya sea espiando a rivales políticos desde Interior o investigándoles Hacienda.

Esta vez Rajoy aboga por el continuismo, realizando los cambios mínimos aceptables y repartiendo estratégicamente el poder de las distintas facciones del PP. De todos los nombramientos hay uno que llama especialmente la atención ¿Por qué María Dolores de Cospedal tiene que ocupar la cartera de Defensa? ¿Tan denostado está ese Ministerio como para mercadear con él por intercambios de favores?

La única noción que tiene de defensa Cospedal es la que ha ejercido ante periodistas moscones y policías alrededor de Génova 13 como bien atestigua el ordenador reventado a martillazos de Bárcenas. Digan lo que quieran de Morenés, pero al menos el gacho tenía experiencia en la materia. Que en una institución tan jerarquizada como El Ejército se ponga al frente una persona sin experiencia militar ni conocimientos de geopolítica, siendo ni más ni menos que la segunda autoridad civil en la cadena de mando es motivo de preocupación. No es una cuestión baladí, puede afectar a la operatividad de nuestras fuerzas.

A Cospedal se le conoce por haber servido de parachoques en el caso Gürtel y dar la cara día sí día también para que se la rompieran. Y quizás por ello se le ha premiado con el Ministerio que le quedaba libre a Rajoy. El presidente se debe haber tomado muy a pecho eso de que ella fuese la “guardia pretoriana” de la sede del partido. Es un error recurrente que la mayoría de países europeos traten a sus ejércitos como algo residual y subsidiario, como se trasluce por el nombramiento de sus gestores.

Esto no hace sino poner en evidencia que el mercadeo de favores y la búsqueda del equilibrio zen entre las “famiglias” del PP se antepone a la efectividad del ministro en su sector. Mariano ha encajado a Cospe como a una pieza de Jenga más que haberse ocupado de buscar la persona adecuada para el cargo.

Pero se puede hacer un estudio sociológico interesante; busquen a su cuñado el del PP y pregúntenle su opinión del nombramiento y a continuación recuérdenle cómo juraba y perjuraba por la elección de Chacón en el 2008.